Regalos: por estos días resultan ser el tema principal de la conversación. Se pregunta en reuniones de familia, amigos y cercanos: ¿qué quieres de regalo?, ¿qué te gustaría recibir por Navidad? Por lo que conozco en Colombia, los regalos los trae el Niño Dios; en algunos hogares se impone la idea de Papá Noel y a los más pequeños de todas las regiones se les anima a escribir la carta para uno u otro. Hm… pero ¿qué son los regalos?, ¿qué significan los regalos?
Me parece, en mi caso personal, que el acto de hacer regalos es uno de esos hábitos que me ayudan a fortalecer mi felicidad. Tan solo la idea de envolver regalos ya me resulta todo un placer, uno que no ha encontrado sustituto hasta ahora. Yo doy regalos por gusto; la idea de sorprender gratamente a alguien hace que salpique mi alegría en un gesto que suele pasar por hosco gran parte de las veces.
El modelo económico del momento también nos ha impuesto la idea de que el regalo es sinónimo de grandes inversiones, empaques muy ostentosos, brillos, marcas y cantidades. Así mismo, en el inconsciente colectivo se ha sembrado la idea de que el tamaño del regalo, su valor material, su precio o la marca colocan el marco de la cantidad de amor que los motivó. Hm… una falacia absurda. Los regalos no tienen por qué implicar grandes inversiones. De los videos que suelo ver en YouTube con recomendaciones low cost para regalos de Navidad, son pocas las veces que he visto en el top ese regalo que a mí me parece supera a todos los demás: tiempo.
El gesto de obsequiar tiempo para vivir contigo algún instante de la vida, provocar un encuentro que rompa la fingida postura de conexión que nos han vendido las redes sociales, ya es todo un lujo. Podemos obsequiar tiempo para acompañar a la abuela a misa, seamos creyentes o no creyentes; la propuesta es honrar su fe y acompañarla, y eso es todo un regalo. También es posible obsequiar tiempo para contemplar cómo despunta el alba en un día cualquiera o para ver la salida de la luna.
Tiempo también puede obsequiarse cuando se desata un aguacero y, libres de la preocupación de atrapar una gripa, resolvemos salir al parque para que la lluvia nos arrope. Otro momento es ese tiempo que destinamos especialmente para saludar o despedirnos de quienes conviven con nosotros, con atención plena y sin prisa. Tiempo, si tienes el presupuesto para ir por una joya a la tienda y solicitar asesoría de acuerdo con los gustos de la persona a homenajear; tiempo para visitar la floristería y dar indicaciones cara a cara del tipo de flores y follaje adecuado para el ramo. Sí, no es lo mismo que paguen para hacerte llegar unas flores, una joya o un libro, a que te obsequien el tiempo para visitar juntos la tienda y esperar pacientes a que elijas lo que más te guste.
Tiempo para compartir un café, una cerveza, un vino caliente, un agua de panela. Tiempo para hacer esa llamada que no da espera y que jamás podrá ser reemplazada por un mensaje a punta de tipeos en WhatsApp.
A mí me gustan los regalos: hacerlos y, por supuesto, recibirlos. Amo recibir regalos que nacen de la genuina voluntad de despertarte emociones de alegría, esperanza y felicidad. Paso de los regalos en forma de promesa de solución definitiva que luego te atosigan con una cantidad inadmisible de mensajes, llamadas y correos para que compres el producto en promoción, al por mayor o al detal, con un gran descuento que no es más que otra farsa. Dejé hace mucho rato de recibir regalos con el logo de la empresa en la que trabajé y, para mi fortuna, tampoco he vuelto a recibir felicitaciones o regalos empujados por mi posición en la jerarquía social. Regalos: grata experiencia que aún permanece en mi vida.
Por estos días caí en la cuenta, además, de que esos regalos que me llegan al alma vienen en forma de amor. Que sí, que sí. Un regalo que no esperas recibir es genial. Quizá una invitación a cenar. Nada más nefasto que aquellos regalos que siguen llegando por mera formalidad.
Regalos, el mejor de todos: tiempo para elaborar algún detalle con tus manos, como ese dibujo hecho por el hijo artista que las madres solemos exponer en la puerta de la nevera.
En Latinoamérica las fiestas decembrinas están marcadas por la nostalgia. Dicen algunas canciones que unos ríen, otros lloran, reclaman por la ausencia de regalos… y, sin embargo, hay regalos que el dinero no puede comprar. Dice José Luis: “Con una sonrisa puedo comprar todas esas cosas que no se venden…”
Regalos. Nunca es tarde. No hay que esperar Navidad ni una fecha especial. Cualquier día del año es bueno para dar y recibir regalos, para acompañar y mostrar disposición. A veces, el mejor regalo es estar.
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