Hay días en que Bogotá amanece a 14 grados y el frío nos obliga a bajar la velocidad. La ciudad se siente más silenciosa, más íntima. Y en ese clima, casi siempre gris, he ido entendiendo que no todo debe florecer a plena luz. Que a veces lo más importante se cocina en la sombra: lejos del ruido, de las expectativas externas, de la ansiedad por “estar al día” con todo.
Vivimos rodeadas de notificaciones, mensajes urgentes, debates interminables, noticias que desgastan y redes sociales que exigen opinión inmediata sobre absolutamente todo. Y sin darnos cuenta empezamos a cargar la sensación de que debemos saberlo todo, verlo todo, leerlo todo, responder a todo, participar en todo. Como si nuestra valía dependiera de la velocidad con la que consumimos el mundo.
Pero no.
La vida no funciona así.
Los procesos humanos —los reales— necesitan otra cosa: quietud, silencio, oscuridad fértil.
En la naturaleza andina, la semilla necesita oscuridad para romperse. Nadie la ve cuando empieza a transformarse. Nadie mide su progreso. Nadie le exige dar frutos antes de tiempo. Solo está ahí, en su propia noche, gestando algo que luego tendrá forma.
Nosotras también necesitamos ese espacio.
Cerrar la puerta.
Apagar el ruido.
Bajar la velocidad interna.
Elegir con ternura lo que sí podemos sostener y dejar ir lo que no.
No tienes que leerlo todo.
No tienes que ver todas las series.
No tienes que escuchar todos los podcasts.
No tienes que decir “presente” en cada espacio de participación.
No tienes que aceptar cada invitación, incluso si viene de gente que quieres.
Proteger tu tiempo no es egoísmo: es higiene emocional.
Proteger tu energía no es aislamiento: es claridad.
Proteger tu ritmo no es desinterés: es cuidado propio.
Y cuando lo haces, algo pasa: aparece un pequeño hueco, un intersticio silencioso donde puedes escucharte. Donde puedes reconocer lo que realmente te suma, lo que te nutre, lo que se ajusta a tu momento vital y a tus habilidades actuales. Ahí, en esa oscuridad amable, es donde empiezan a brotar las cosas que sí valen la pena.
La pausa no te aleja del mundo.
Te devuelve a ti.
Y desde ahí —desde ese pequeño refugio íntimo— lo que decidas hacer tendrá raíz, intención, propósito. No por presión, sino por elección.
En esta época del año, más que perseguir la luz a toda costa, te invito a honrar tu sombra fértil. A permitirte ese frío bogotano que acuna, que aquieta, que invita a recogerse. A confiar en que lo esencial, lo que realmente te transforma, también se gesta en la oscuridad.
Comentarios